MARRUECOS
| Foto por: Bachmont |
Salí del aeropuerto de Lisboa con destino a Marrakech. Primera parada: Casablanca. No iba con muchas expectativas, ya me habían dicho que la película no se rodó en la ciudad. Estaría dos hora en el aeropuerto hasta tener conexión a Marrakech, este intermedio me permito conocer un poco más de lo que me esperaba: viento calido, palmeras al horizonte, las sonrisas de las mujeres que deprisa bajaban los ojos y las conversaciones espontáneas de quien se sentó a mi lado.
Marrakech. Abril ya estaba de verano. El caos en la ciudad. Cruzar la calle era una apuesta, los coches se desafiaban constantemente y siempre la música de fondo que no paraba. Me sentí en casa a pesar de nunca haber conocido esta realidad. Era contagiante, me trataban como si me conocieran de toda la vida, me recibían como si fuera de la familia, y me esperaban para la próxima cena con la certidumbre que volvería.
Durante todo el circuito las paisajes desfilaban sin piedad, el tiempo no me dejaba acostumbrar a cada manifestación de la naturaleza que luego se cambiaba. Pensé que si Dios existiera lo había puesto así solo para enfatizar. Y lo logro. Sonidos, ritmos, olores, sabores, paradas en un oasis, una casbah que habla de su ultimo pacha, la madraza que recibió a los eruditos. Discreto y sabio, exuberante y calmo, de colores y de sombras, así es Marruecos, lleno de contrastes y en el fondo siempre igual.
Al llegar a casa con mis recuerdos me sentí un poco perdida. No, Marruecos no te provoca efectos secundarios. Simplemente tuve en falta la desorganización y el caos que me obligaban a ser creativa y que desafiaban mis rutinas. Lo eché de menos. Pero descubrí que al cerrar los ojos y al pensar en él, los sonidos se acostaban a mi oído y los olores fluctuaban en el aire. Abría los ojos y volvía a sonreír.